La accesibilidad más allá de los sentidos
Vivir con discapacidad sensorial supone una 'odisea' ante la falta de apoyo de instituciones y entorno y por eso Asorejido comparte las experiencias diarias de sus socios y conciencia sobre el camino que aún queda por andar para su inclusión en la sociedad, sin intérpretes ni recursos
Elizabeth de la Cruz
Jueves, 21 de abril 2016, 12:33
María Dolores Barnes tiene 46 años, vive en El Ejido y trabaja para la Fundación ONCE desde hace un mes. Es una mujer con discapacidad ... auditiva y el pasado mes de noviembre fue en busca de ayuda a Servicios Sociales para solicitar un Intérprete de Lengua de Signos Española (ILSE) y así poder realizar un curso necesario para la fundación a la que pertenece y que apenas duraba cuatro días. No pudo ser, pero a pesar de ello, echó mano una vez más de su familia, y su hija le apoyó interpretándole en casa lo que en las clases recogía la teoría. Sin embargo, ya está cansada de pedir favores, de solicitar ayuda simplemente para acudir al médico o realizar cualquier otro tipo de gestión diaria. Ahora, ella necesita urgentemente un servicio de intérprete para poder acudir a la autoescuela, sacarse el carné de conducir y así ser más autónoma y poder llegar a más clientes.
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Antonio Cebrián y Mari Carmen Rodríguez son un matrimonio vecino de Santa María del Águila, de 64 y 54 años respectivamente, ambos con discapacidad auditiva, desempleados y que apenas subsisten con una pensión de 300 euros cada uno, otorgada precisamente por esa discapacidad. Los dos cuentan con bastantes dificultades a la hora de comunicarse con otras personas, para hacer gestiones rutinarias diarias como acudir al médico, al banco o a cualquier administración se encuentran en un difícil camino repleto de obstáculos, en el que sin recursos, y sin apenas capacidad para poder entender bien cuando se les escribe, necesitan del acompañamiento de sus hijos para interpretarles.
Hace 6 años que Mari Carmen «por fin», asevera ella a través de Isabel de las Heras, presidenta de la Asociación de Personas Sordas de El Ejido (Asorejido) a la que todas estas personas pertenecen, se hizo con un teléfono móvil «y su hija le enseñó a manejarlo», al mismo tiempo que su marido «le ayudó a escribir mejor». Pero mientras tanto, ellos se sienten «dependientes de sus familiares oyentes» tras 28 años demandando la llegada de un ISLE que nunca llega. En el camino, quedan decenas de 'anécdotas' que no lo son tanto. «El año pasado los dos fueron al médico solos porque sus familiares no les pudieron acompañar y ambos no se enteraron de nada. Él tenía que ser operado de cataratas y aunque no entendían nada sólo afirmaban a todo lo que les decían», cuenta la presidenta de Asorejido.
En el caso de Antonio además, fue despedido hace cuatro años del trabajo que desempeñaba en un almacén hortofrutícola. Su hijo le ayudó a buscar nuevos empleos, a redactar un currículum, pero nada sirvió porque a su discapacidad se le unió una edad en la que la reincorporación al mundo laboral cada vez es más difícil.
Doble 'barrera'
Si poder relacionarse con los otros, acceder a un empleo, o realizar cualquier actividad diaria ya resulta complicado de por sí en la sociedad de hoy para cualquier persona con discapacidad auditiva, la barrera se duplica al hacer referencia a quienes su discapacidad sensorial se amplía a otros sentidos. Es el caso de Josefa Jiménez, vecina también del núcleo ejidense de Santa María del Águila, de 55 años y desempleada que percibe una prestación por su discapacidad visual y auditiva.
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Como pone de manifiesto la presidenta de Asorejido, «la Fundación Once le envía muchas veces cartas sobre actividades y talleres adaptados para personas sordociegas, pero el problema es que Josefa no puede ir, y su marido trabaja. Siempre tiene que ir acompañada de él, por ejemplo a hacer la compra, para que su marido le muestre los productos cerca de los ojos y que ella pueda ver así mejor», apunta. Con una pensión cuanto menos «sorprendente» califica de las Heras, ya que esta mujer apenas recibe 200 euros por su discapacidad, el poder contar en ocasiones con un intérprete, o formarse en lengua de signos táctil para así comunicarse mejor con su mujer, resulta de aún mayor importancia vital para este matrimonio. Porque Josefa pierde su visión de forma paulatina.
Y de igual modo, la barrera del idioma también está presente en este colectivo. Daniela Stefanova es una mujer con discapacidad auditiva, nació en Bulgaria pero se trasladó a Ejido cuando tenía 13 años, ahora tiene 26 y vive en Roquetas de Mar. Es desempleada y como sus compañeros de la asociación, también recibe una prestación. Pero como desvela la presidenta de Asorejido, «antes trabajaba a tiempo parcial como limpiadora, pero debido a su sordera e idioma le cuesta comunicarse con la gente. Está afectada por la dificultad del acceso laboral, ha mandado su currículum multitud de veces, y muchas empresas le dicen que no les interesa porque no dispone de carné de conducir». De nuevo se presenta el problema de siempre, «necesita un intérprete para las clases», aclara de las Heras.
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Inclusión social y educativa
Vlad Nazarov es un joven ruso con discapacidad visual y auditiva y también vive en la localidad ejidense. Estudia en el Instituto Azcona de Almería y la presidenta de la asociación le define como «una persona inteligente y que ha aprendido bastante el idioma». Sin embargo, toda su historia de superación y lucha diaria se viene abajo cuando llega a casa. «Se aburre debido a la falta de motivación que hay en El Ejido, la falta de una inclusión social y educativa», subraya la presidenta de la asociación.
Todos ellos y hasta llegar a 25, conforman la Asociación de Personas Sordas de El Ejido (Asorejido), algunos de sus integrantes acuden incluso desde otros puntos de la provincia como Roquetas de Mar y la propia capital para participar de sus actividades e iniciativas. Liderando la asociación desde hace cinco meses se encuentra su presidenta, Isabel de las Heras, natural de Granada y que se mudó a El Ejido hace un par de años. Licenciada en Bellas Artes y con un Máster de Artes Visuales a sus espaldas, trabaja en la actualidad como diseñadora 'freelance' de Oreja Voladora, y además es historietista de un cómic sobre la comunidad sorda.
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Como ella misma rememora, «no sabemos la causa de mi sordera, si fue desde nacimiento o en los primeros momentos de mi vida. Mis padres me matricularon en el Colegio de Personas Sordas Sagrada Familia en Granada, donde aprendí la Lengua de Signos Española como primera lengua. A los 7 años me realizaron un implante coclear y recibí clases de logopedia. A los 10 años me cambié al colegio Sagrado Corazón para integrarme con el alumnado oyente, pero en ese colegio no había intérprete y no me enteraba muy bien, por lo tanto recibí clases de apoyo. Si en el colegio hubiera existido ILSE no hubiera necesitado clases de apoyo». Eso sí, como reconoce, «cuando empecé en la Universidad de Bellas Artes, estaba acompañada por una intérprete y por primera vez fue mucho más accesible, yo estaba informada igual que las personas oyentes».
Aunque desde Asorejido se intentan exprimir los pocos recursos existentes de los que disponen a su alcance, desde el colectivo reivindican más apoyo de la sociedad y de las instituciones, ya que sólo así en un futuro no muy lejano realmente sientan que esa inclusión existe.
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