Del mar de plástico al lugar de "los tomates de la esclavitud"
Francisco Villegas Cara. Doctorando de la Universidad de Granada y miembro del grupo de investigación en estudios eslavos. Traductor de lenguas eslavas. Residente entre El Ejido y Bruselas
Francisco Villegas Cara
Jueves, 21 de abril 2016, 12:14
Hace unos días se hablaba en los medios de comunicación de la provincia de Almería sobre la presencia de las empresas almerienses en la Fruit ... Logistica de Berlín. Se destacaba el trabajo de las empresas e instituciones para respaldar los productos de Almería y dar una buena imagen general de la provincia. Sin duda alguna, estas ferias son un buen escaparate de cara a las grandes comercializadoras, a las empresas distribuidoras y otros elementos de la cadena comercial que hacen que un tomate de Almería termine en una mesa de Hamburgo.
Todo este trabajo queda, sin embargo, reducido a la nada cuando ocurren algunas cosas como las que a continuación voy a relatarles. Quizás no sea para tanto, quizás lo que ahora comienzo a contar sea una gota en medio de un océano de mala información cuando uno escribe "El Ejido" en google, pero no deja de ser indignante lo que a veces se dice de nuestra tierra a miles de kilómetros de distancia.
Hace un par de semanas, estaba por Bruselas y de repente una amiga de por allí me comentó que había salido muy desencantada de una obra del Teatro Nacional. Se trata de una persona que lleva unos cuantos años viviendo en Bruselas, pero oriunda de Dalías y con familia por todo ese pueblo y El Ejido. Al preguntarle por el origen de su enfado, comenzó a relatarme el contenido de la obra en cuestión. Esta hablaba sobre la inmigración en Europa ?tema muy original en estas fechas- pasando desde el sur hasta el norte del continente y, claro, con parada obligatoria en el mar de plástico de Almería. Ya aquí se me revolvieron las tripas a mí mismo, pues me esperaba lo que después vino: la obra hablaba de los invernaderos de Almería y concretamente se refería a El Ejido como lugar de esclavitud moderna, de opresión al inmigrante y de condiciones de vida inhumanas en nuestro continente. Se comentaban aspectos como los salarios irrisorios, falta de papeles, ilegalidades generalizadas y explotación. Lo mejor a todo esto llegaba al final del discurso sobre El Ejido, cuando dos de los actores se acercaban al público para repartir los "tomates de la esclavitud", presentados además en una caja de una empresa ?que no citaré- donde se podía leer bien claro el nombre de El Ejido. No se les puede reprochar que la puesta en escena no fuese brillante. Supongo que ahora cada vez que una de las personas que asistieron a esa obra vaya a comprar un tomate, se fijará bien que no ponga nada relacionado con Almería. Lamentable.
Aún siendo críticos con nuestro sistema productivo, con sus carencias y deficiencias, el llevar todo esto a una obra de teatro y contar sólo de manera parcial la realidad, se me antoja un poco sectario. Obviamente en la susodicha obra no se nombran a las humildes familias que desde los años sesenta comenzaron a levantar los primeros invernaderos en el Campo de Dalías, de que inmigrante o no el salario en general es bajo en el campo (muy bajo para un belga), o de que sin estos invernaderos que critican pagarían aún más cara la verdura fresca que pueden consumir todo el año.
Por desgracia en contra de estas campañas de mala imagen se puede hacer poco más que denunciarlas como ahora pretendo yo aquí. Lástima que el nombre de El Ejido y de Almería llegue al Teatro Nacional de Bélgica en estas condiciones. Quizás, la mejor respuesta sería un buen cargamento de verduras a los responsables del Teatro y un viaje para ver in situ las condiciones de producción. Con el público que ya ha asistido a esta pieza en sus numerosas representaciones poco pueden hacer las empresas e instituciones que hace unas semanas vendían -en el mejor de los sentidos- nuestra provincia en Berlín. Es fácil de destruir el buen nombre de nuestra provincia, de sus productos sanos y biológicos que cumplen con las más estrictas normas europeas y de que al fin y al cabo, aquí nadie fuerza a nadie a trabajar.
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