El relevo generacional del campo ejidense
Son hermanos, tienen 18, 19 y 21 años y hace cinco que tomaron las riendas de las cuatro hectáreas familiares tras el fallecimiento de su padre, pero hoy ellos toman todas las decisiones y gestionan de forma autónoma sus tres fincas
Elizabeth de la Cruz
Jueves, 21 de abril 2016, 12:28
Jugaban desde niños entre cajas de hortalizas, remolques y pimientos. Como tantas y tantas generaciones de ejidenses que, al igual que ellos, crecieron casi al ... mismo ritmo que sus cosechas. Se hicieron mayores al mismo tiempo que aprendieron el significado y el valor de trabajar la tierra, como en su momento también lo hicieron sus padres, abuelos y hasta bisabuelos. Y esta es la historia de Manuel, Álvaro y Guillermo Bonachera Martín.
Estos tres hermanos ejidenses, de 21, 19 y 18 años respectivamente, suponen un buen ejemplo no sólo del relevo generacional que ya es una realidad en el campo ejidense, o almeriense, sino que la historia que llevan a sus espaldas es digna de ser contada en estas páginas. Porque a pesar de la sonrisa que hoy se dibuja en sus caras, hubo un tiempo en el que se vieron obligados a sacar fuerzas y coraje para salir adelante. Y ellos mismos lo relatan.
«La verdad es que todos mis recuerdos de pequeño siempre van ligados al invernadero. Empezamos desde niños viniendo por las tardes con nuestros padres, donde jugábamos y nos divertíamos junto a nuestros primos. Al final, terminamos de estudiar y empezamos en la agricultura. Nuestro padre falleció hace cinco años y tuvimos que sacar fuerzas de flaqueza para salir adelante, aunque nuestra madre fue la que en principio tiró de todos junto a sus hermanos y nuestra familia, que nos ayudaron mucho», cuenta a IDEAL Álvaro, el menor de los tres hermanos.
Sin embargo, sus vidas dieron un giro radical al poco tiempo. «Después, los tres hermanos empezamos a tomar las riendas de las cuatro hectáreas que llevamos. A día de hoy ya sí decidimos qué sembramos, planificamos en común todas las cosas, dónde comercializar, cómo gestionar la cosecha. Es cierto que al principio para nosotros era más como un juego, una distracción que teníamos por la tarde una vez terminábamos la escuela. Pero poco a poco cada vez se fue formalizando más, y hoy ya tomamos nuestras propias decisiones de forma independiente», añade este joven agricultor ejidense.
Los tres hermanos, junto a su madre que aún continúa brindándoles el mejor ejemplo del esfuerzo y sacrificio que supone dedicarse al campo, al trabajar junto a ellos de sol a sol, cuentan con tres fincas en El Ejido repartidas entre Pampanico, Santo Domingo y Santa María del Águila. «La primera cosecha nuestra cien por cien que más recuerdo es la de hace unos tres años. Nosotros siempre sembramos pimientos, pero decidimos que por primera vez, en lugar de sembrarlos a finales de agosto íbamos a adelantarlo al mes de junio, y apostar por siembras más tempranas», apunta Guillermo. «No fue nada mal, nos gustó el resultado y ya llevamos todo este tiempo haciéndolo así para luego hacer primavera», explica. No obstante, como buen agricultor, sabe que los obstáculos a menudo se presentan en el camino, «Hemos tenido un par de complicaciones en todo este tiempo, pero campaña tras campaña, vas aprendiendo un poquito más, y cada vez te vas especializando más, y mejorando, además siempre contamos con el asesoramiento de un perito», deja claro.
Un técnico en la familia
La pasión de estos hermanos por la agricultura llevó a uno de ellos, concretamente al mediano, Álvaro, a decidir formarse más en la materia a través de la realización de un ciclo formativo en la Escuela de Formación Profesional Campomar. «Cuando terminé la ESO, me apunté a un ciclo formativo de Grado Medio y este curso ya estoy en el último año. No es que vaya a ser un perito pero en realidad podré firmar y hacer las recetas, visitar las fincas, y es un tema que me gusta. Actualmente acudo a clase por las mañanas y por las tardes trabajo en el invernadero», detalla.
El día a día de estos hermanos arranca sobre las siete de la mañana cuando tras desayunar, acuden a la finca en cuestión y empiezan a trabajar sobre las ocho u ocho y cuarto. Después de las labores diarias, que en estas semanas se centraron en despedir la cosecha del pimiento y terminar de limpiar para comenzar con la plantación de sandía y melón, paran a comer sobre la una del mediodía, y a las tres de la tarde vuelven a la finca. Como también concretan, «en algunas épocas trabajamos en los invernaderos unas diez personas, pero de forma continua sólo somos cuatro».
Eso sí, con salvedades como ocurre durante los picos de más trabajo que se producen a lo largo de la campaña, o en periodos de limpieza del terreno, estos jóvenes ejidenses deciden desconectar de todo en la medida de lo posible una vez llega el fin de semana. «Cuando hemos estado limpiando algún domingo ha caído, pero siempre intentamos no venir al invernadero ni sábados ni domingos», reconoce Guillermo.
Si bien estos jóvenes agricultores ejidenses consensuan cualquier decisión que han de tomar en sus explotaciones, «además como somos tres, todo lo sometemos a votación y siempre hay desempate», bromean; Manuel es el mayor y eso se percibe en el ambiente porque cuando él habla siempre hay una atención diferente. «La campaña del pimiento ha sido un poco irregular, porque cuando había precio no se producían kilos, y viceversa. Intentamos ofrecer la máxima calidad posible dentro de la mayor rentabilidad. Además, nuestra variedad se llama Velero y se diferencia de la competencia en que aguanta mejor las altas temperaturas», señala como buen conocedor del producto que ofrecen.
Ahora se encuentran inmersos en un nuevo reto. «La campaña de sandía se presenta con incertidumbre ya que en primavera ese cultivo depende especialmente del clima. Nosotros apostamos por las variedades Motril y Premium», concluye mientras los tres sonríen y se miran orgullosos y satisfechos del trabajo bien hecho. No son el futuro, ellos son el presente.
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