Fumi Hayashi: "Al llegar y ver sólo invernaderos, pensé que me habían engañado, que no existía este paraíso"

Fumi Hayashi: "Al llegar y ver sólo invernaderos, pensé que me habían engañado, que no existía este paraíso"
  • «Yo me siento uno más, cuando estaban los japoneses sí que era súper famoso, me entrevistaban en televisiones, radios, periódicos de todos sitios... pero ahora soy página pasada». Con estas palabras, Fumi Hayashi muestra su humildad y también un recuerdo del 'boom' que supuso el desembarco de los japoneses y de su ambicioso proyecto en Almerimar, en los 90.

Este japonés de 51 años lleva casi media vida en suelo ejidense, y es un emblema más de Almerimar, a pesar de que vino aquí con un objetivo concreto que no llegó a materializarse del todo: participar en la puesta en marcha del proyecto turístico de Shin-ei y Riokuchi, una entidad financiera y una promotora japonesas que proyectaron en Almerimar un enclave estratégico para albergar jubilados japoneses a los que había que dar en aquella época una «salida», ante la situación demográfica de Japón, con una población muy numerosa, longeva y, por lo tanto, envejecida. La idea era construir apartamentos para los jubilados japoneses, muy aficionados al golf. Pero «cuando la burbuja estalló en Japón, empezó a ir todo mal, por lo que no pudimos vender ningún apartamento allí y mi empresa decidió retirarse y vender a Almerimar SA». Fumi reconoce que jamás pensó estar mucho tiempo viviendo en el mismo sitio, pues se define como un «ave migratoria», pero Almerimar lo cautivó por alguna razón que le ha hecho quedarse aquí, ahora trabajando en la Torre del Puerto, para Almerimar SA, que le ofreció trabajo cuando compró el paquete japonés que incluía los hoteles y los apartamentos de las dársenas del puerto y Velas Blancas, en el alcor. España lo cautivó de joven, cuando vino a visitar a un tío suyo casado con una soriana. Nada más volver a Japón decidió estudiar filología hispánica, para poner poco después en práctica sus conocimientos viajando 70 días solo por España «para poner a prueba mi español». Su primer trabajo fue en la embajada de Japón en Madrid y, de ahí, se vino a Almerimar de la mano de Riokuchi. De padre sacerdote De España le atrajo el carácter de la gente, el clima y la comida. De Japón le apartó la tradición que marca que el hijo mayor de la familia (él), tiene que seguir la profesión del padre, sacerdote budista. «Mi familia es muy tradicional, vive en un templo y yo huí de eso, por eso me vine tan lejos», reconoce, al tiempo que recuerda la sorpresa de sus padres que se extrañaron al pensar que «me venía al norte de África a vivir». No obstante, han visitado Almerimar un par de veces y les ha gustado, según detalla Fumi. Es, ante todo, un relaciones públicas. Además de atraer a los amarres de Almerimar a cualquier barco con bandera japonesa que se acerque por el Mediterráneo, intenta mantener una conexión Japón-Almerimar. De hecho, ha montado la 'Asociación Almerimar' en su ciudad natal, a las afueras de Tokio. Son 30 miembros, que han pasado en algún momento por Almerimar en algún viaje en barco y se reúnen una vez al año, cuando Fumi va a visitar a sus padres, para cenar. Antes de llegar a la Torre, donde disfruta de su trabajo recibiendo a los barcos, Fumi desarrolló distintas responsabilidades en Almerimar SA. Y es que es una persona versátil, que en la época de los japoneses daba clases de japonés a cerca de 60 alumnos de todas las edades e incluso algún día ayudó a servir mesas en el restaurante japonés que se montó en el puerto, cuando esta comida aún no estaba de moda en España. «Llegué a pluriemplearme, porque era de los pocos que sabían español y me llamaban, ya que al restaurante venía gente incluso de otras provincias», explica. Paraíso entre invernaderos Desde entonces, mucho ha llovido por esta tierra que, en un primer momento, le provocó hasta cierto rechazo: «Cuando vine la primera vez, pensé que me habían engañado; vinimos de Málaga en autocar por la N-340 y para llegar a Almerimar, la carretera no recuerdo ni si estaba asfaltada; sólo había invernaderos y me preguntaba dónde estaba el paraíso que me habían pintado. Lo descubrí al encarar la cuesta», detalla. Ahora, este ciudadano del mundo, único superviviente de la aventura japonesa que culminó en el año 2000, que aprendió alemán y francés en la Escuela de Idiomas y que sueña con montar un negocio propio algún día, quizás un bar o restaurante japonés, valora la tranquilidad y el clima de ese Almerimar al que llegó casi obligado y del que adora su playa de Levante. También le gusta practicar vela con sus amigos.