El vudú, una realidad cruenta a la que no se puede escapar

Pedro Ibáñez, psiquiatra, antropólogo y director del área de Salud Mental del Hospital de Poniente./I. A.
Pedro Ibáñez, psiquiatra, antropólogo y director del área de Salud Mental del Hospital de Poniente. / I. A.

INMA ACIÉNEl Ejido

En esta vida, todo está inmerso y relacionado con la cultura de la que viene cada uno y en ello se incluye la medicina y los tratamientos médicos. «Los españoles tenemos una cultura que es la cultura occidental, moderna y la biomedicina. Estas personas que vienen de fuera tienen una doble cultura, por un lado la occidental porque también tienen hospitales, psiquiatras y psicofármacos, pero además tienen su medicina tradicional, antigua, la medicina de los curanderos de los brujos, los espíritus, los males de ojo y las posesiones, y esto es tan verdad para ellos como lo otro, y eso tiene un tratamiento diferente», explica Pedro Ibáñez.

En este sentido, este psiquiatra y antropólogo explica que observaba que «cuando nosotros tratábamos aquí a los pacientes con psicofármacos en cuanto se iban del hospital abandonaban todo el tratamiento porque recurrían a sus países para que les mandaran los tratamientos desde allí», al tiempo que añade que tiene «un paciente al que voy a darle el alta, aunque estoy convencido que no va a seguir el tratamiento, va a llamar a su familia, van a hablar con el curandero allí y le van a mandar el tratamiento y se va a curar». Y es que como afirma este profesional que dirige el área de Psiquiatría del Hospital de Poniente, «no es que nuestros tratamientos curen y los suyos no curen. Curan exactamente igual. Lo que tenemos que entender los médicos es esta otra realidad».

Así, en el caso real al que se refiere Ibáñez, se trata de un paciente que «dice que está embrujado, que le están haciendo un mal desde su país a través del vudú. El vudú es una realidad cruenta, que los ata y les impide hacer cualquier cosa, no se puede escapar uno del vudú y decía que se estaba protegiendo de él con un corazón limpio y creer en dios. Ese es su tratamiento, no los fármacos».

Es por ello, que Ibáñez hace hincapié en que «para trabajar con estos pacientes hay que partir de escucharlos, de saber que aquel que viene de otro sitio no tiene porqué pensar igual que pensamos nosotros, que los suyo vale tanto como lo que pensamos nosotros y tienes que creer aquello que nos cuentan, porque ellos no lo cuentan porque creen que no los van a creer y ciertamente pasa que casi nadie los cree».

No obstante, «esto no quiere decir que si están hospitalizados no los tratemos con nuestros fármacos, que también, porque ayudan a resolver un cuadro agudo, pero que después ellos elijan qué tratamiento van a seguir y respetarlo, como hay que hacer con todos los pacientes».

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