25 años de unas fiestas trágicas

Imagen de la Iglesia de Dalías tras el incendio. /Antonio Jiménez
Imagen de la Iglesia de Dalías tras el incendio. / Antonio Jiménez

Un fin de semana negro, que quedó grabado en la mente y que marcó un antes un después en la vida de muchas personas

INMACULADA ACIÉN

Cuando Dalías ha terminado sus fiestas en honor a su Santo Cristo de la Luz y se puede decir que finalizaron sin incidencias, son muchos los que no se atreven a decirlo en voz alta pero recuerdan y comentan lo que sucedió hace 25 años, un fin de semana trágico y negro, que quedó grabado en la mente, y que marcó un antes y un después en la vida de muchas personas.

Pasadas las seis de la madrugada del lunes 20 de septiembre, los vecinos de Dalías se despertaron con el olor a humo y el crepitar de las llamas. La Iglesia de Dalías estaba ardiendo y el humo y las llamas salían por el tejado de Santa María de Ambrox.

El único pensamiento en ese momento que ocupó la mente de los vecinos era que dentro se hallaba su Santo Cristo.

Un grupo de valientes corrieron hacia la iglesia empujados por el coraje y el amor a su Cristo, y a fuerza bruta lo sacaron. Tras aquello, sus emociones, sus recuerdos y sus vivencias quedaron registrados por la periodista María Díaz.

Victoriano Montoya recordó que «Ramón Sánchez, Ángel Díaz, Hernández y el Rosalía estaban tirando de Él hacia arriba y yo me encontraba detrás. Al salir, el Cristo cayó para atrás y yo estaba solo y les dije que me ayudaran, viniendo Ángel Benavides a ayudarme. Pensé que el Cristo se estaba quemando y había que sacarlo, también recuerdo que el techo cayó cuando salíamos por la puerta que da a la sacristía».

Por su parte, Antonio Jiménez se refirió a cómo «Ángel Díaz se arrancó la camisa y subió, volviendo al poco tiempo a preguntar si alguien sabía cómo se podía soltar al Santo Cristo y que teníamos que sacarlo antes de que se quemara. De un tirón me solté de alguien que me tenía agarrado, no sé quién, pero posiblemente la Guardia Civil o alguno de los vecinos que anteriormente nos habían impedido entrar. Yo me fui con el Cristo hasta el salón parroquial, después fui a la clínica donde me atendieron de quemaduras en las manos, allí volví a ver a Ángel Díaz que tenía la mascarilla de oxígeno puesta».

Ángel Díaz fue el primero que cruzó la puerta de la Iglesia. Se arrancó la camisa y subió rápidamente. «Tan rápido que me topé con la Cruz. Solo vislumbraba llamas delante y a la izquierda, el humo impedía ver nada. Si el Cristo no hubiera estado en su lugar, más de uno hubiéramos caído abajo. Cuando volví a subir, solo reconocí a Ramón Sánchez, que estuvo permanentemente a mi lado, a los demás los sentía alrededor y creo que todos teníamos la misma obsesión. O el Cristo salía con nosotros o nosotros nos quedábamos con Él».

Cuando ya estaba en la clínica y el oxígeno le devolvió toda la conciencia, confesó que lloró «como nunca he llorado en mi vida. Lloré de impotencia, de desesperación, lloré por unas fiestas que iban tan bien y terminaron tan mal, porque era irreparable la muerta de las peregrinas, aunque todos hubiéramos hecho lo imposible por evitarlo, por lo que podía habernos pasado a los que entramos, por tantas y tantas cosas que se han acumulado en estas fiestas... y lloré también de agradecimiento a los que habían entrado, pues, gracias a ellos, se había rescatado el Cristo y, gracias a ellos, yo podía llorar».

Ramón Sánchez tampoco se lo pensó a la hora de entrar. «Recuerdo que Ángel Díaz tiraba de la base de la Cruz, apalancando en el Cristo, yo tiraba de más arriba, repetíamos los tirones, se movía todo el trono y en uno de los tirones, salió solo. Le dijimos al de la manguera que nos enchufara a nosotros, porque no veíamos, ni respirábamos y el calor era insoportable. Lo he dicho muchas veces y lo diré siempre que haga falta: si Ángel Díaz no hubiera entrado, el Santo Cristo no habría salido. Yo entré porque alguien que no había nacido en el pueblo se había jugado la vida y así lo pensé. Si él se jugaba la vida, yo también».

José A. García Hernández y Gabriel Callejón también se contaron entre los que entraron a riesgo de sus vidas a la Iglesia aquella mañana.

Ese fue el último trágico suceso de un fin de semana que comenzó con un accidente de tráfico que segó la vida de cinco mujeres vecinas de El Ejido, cuando como cada año acudían en peregrinación a ver a su Cristo de la Luz y a participar en la Misa del Peregrino.

Pero las desgracias continuaron sucediéndose durante el domingo, con un peregrino que sufrió quemaduras de primer grado tras explotarle una caja de pirotecnia justo al lado. Francisco Ramírez, voluntario aquel año de Cruz Roja, que participó en ese servicio, recuerda que también tuvo que trasladar a una persona con quemaduras tras haber caído al aceite de los churros.

Sangre y fuego en un fin de semana negro que nunca podrá olvidarse.

Este año, esa Misa del Peregrino del domingo a las nueve de la mañana no olvidó a aquellas cinco peregrinas que nunca llegaron a su destino y tuvo un emocionado recuerdo para Isabel Navarro Berenguel, Isabel Peña Lara, Rosa Morales Callejón, Amalia Asenjo e Isabel López Cabrera.

 

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